El regreso de la clínica privada a la mansión Kyriakos no fue un desfile, fue una operación de seguridad de nivel estatal. Siete furgonetas blindadas, un inhibidor de señales de frecuencia para evitar drones y cuarenta hombres de Spiros con el dedo en el gatillo custodiaban el trayecto de apenas quince minutos. Dentro del Bentley principal, el silencio era tan espeso que podía cortarse con un diamante. Yo sostenía a Leonidas, envuelto en una manta de lana merina que costaba más que el alquiler