La lluvia sobre Atenas había cesado, dejando tras de sí un aire cargado de ozono y el eco de una verdad que amenazaba con derribar los muros de la mansión Kyriakos. Estaba sentada en el borde de la cama, con el archivo 402 brillando en la pantalla de la tableta como una herida abierta. El peso de mi vientre, el heredero de seis meses que pateaba con una fuerza inusitada, se sentía ahora como una ancla de plomo. Mavros estaba de pie frente al ventanal, su silueta recortada contra el cielo gris,