La lluvia de primavera en Atenas golpeaba los ventanales de la mansión con una insistencia melancólica, un llanto de agua que parecía querer lavar la sangre de los cimientos de mi hogar. Estaba promediando mi sexto mes de embarazo, y el reposo absoluto se había convertido en una meditación forzada sobre el poder y la traición. Mavros se había ausentado apenas una hora para supervisar la llegada de un cargamento de suministros médicos —su nueva obsesión para asegurar que el parto fuera en una su