El silencio de la suite principal en Atenas era denso, casi tangible, roto únicamente por el rítmico tictac del reloj de pared y el suave crepitar de los leños en la chimenea que Mavros insistía en mantener encendida "para que la humedad no afectara mis articulaciones". Estaba atrapada en una cárcel de sábanas de seda de mil hilos y almohadas de plumón, cumpliendo el tercer día de mi reposo absoluto. A mis cinco meses y medio, mi vientre se sentía como una esfera de cristal precioso que Mavros