El silencio de la mansión Kyriakos era ahora un rugido sordo en mis oídos. El aire, denso y cargado de la humedad de la tormenta que golpeaba los ventanales, parecía haberse quedado sin oxígeno. Me encontraba de pie en el centro de mi suite, con la daga de plata de Mavros apretada contra mi pecho y el latido de mi hijo martilleando en mi vientre como un tambor de guerra. Sabía que los mercenarios de Ambrose estaban en los pasillos; escuchaba el siseo de sus radios y el eco metálico de sus botas