El regreso a la mansión de Atenas no fue una entrada triunfal, sino un despliegue militar que rayaba en lo absurdo. Tras la tregua en las montañas de Creta, Mavros había decidido que el mundo exterior era una mina terrestre y yo era el único cristal que quedaba en pie. La caravana de diez coches blindados serpenteaba por las calles de la capital griega como una serpiente de acero, bloqueando el tráfico y atrayendo las miradas de terror de los transeúntes. Yo iba en el asiento trasero del Maybac