El silencio en la fortaleza de Creta era una entidad física, una losa de granito que me oprimía el pecho mientras permanecía sentada en el suelo, de espaldas a la puerta de roble que yo misma había bloqueado. Mis manos, ahora despojadas de sus vendas, mostraban las cicatrices en carne viva, un mapa de mi resistencia que parecía burlarse de mí en la penumbra. El eco de la traición de Ambrose y la frialdad de Mavros se repetía en mi mente como una sentencia de muerte. Estaba cansada. Tan profunda