El silencio digital que siguió al parpadeo de las pantallas fue más devastador que el impacto del torpedo de Malta. Los indicadores numéricos de las cuentas de San Petersburgo, que un segundo antes ascendían en un flujo billonario de color verde oliva, se congelaron en seco antes de desplomarse hacia una cifra que heló la sangre de los oficiales de la Bratva: cero. No era un embargo de La Haya, ni un bloqueo de los servidores de la City de Londres. La secuencia que corría a la inversa por la in