El reflejo blanco del buque hospital de la Cruz Roja Internacional inundó el puente de mando escorado del megayate con una claridad clínica, desprovista del misticismo de los halógenos violetas de Byzantium o del fuego sordo de los proyectiles de Malta. La mole de acero pintada de un blanco inmaculado, con la inmensa cruz carmín resplandeciendo en el casco bajo la llovizna del canal de Corfú, se alzó como un muro de contención absoluto entre nuestra teca ensangrentada y la línea de fuego de los