El eco del impacto final de la biblioteca colapsando a nuestras espaldas se sintió como el rugido de una bestia herida que se hunde en el lodo del Jónico. Toneladas de piedra caliza, mármol aristocrático y las pantallas destrozadas de Byzantium quedaron sepultadas en la grieta abierta, arrastrando consigo la ambición centenaria de los Vatatzes y el cuerpo de mi madre, Katarina, en los brazos de un Nikolai consumido por la locura del linaje. El aire en el umbral del ala sur era un muro espeso de