El pitido de la alarma de proximidad en la cabina del helicóptero de la Legión rasgó el aire confinado con la violencia de una navaja cruzando el cristal. En la consola analógica secundaria, el punto parpadeante en rojo carmín no dejaba margen a la interpretación de los radares: el misil antiaéreo guiado por calor, disparado desde la cubierta del buque militar de la OTAN, avanzaba por el cielo ciego del Egeo a una velocidad supersónica que reducía nuestra esperanza de vida a escasos cuarenta se