El Mavros IV cortaba las aguas oscuras del mar Egeo con la precisión de una hoja de afeitar rasgando un lienzo de seda negra. Dejábamos atrás la seguridad fortificada de Kythira, impulsados por tres motores de turbina que rugían al límite de su capacidad, devorando las millas náuticas que nos separaban del archipiélago de las Cícladas. La noche era un espejo ciego, rota únicamente por la estela fosforescente que el yate dejaba a su paso y el parpadeo ámbar de los monitores de la sala de mando.