El amanecer sobre el mar Jónico irrumpió con una quietud tan densa que el romper de las olas contra los acantilados de mármol de Kythira parecía el único vestigio de vida en un planeta que se había quedado sin voz. Las cenizas analógicas de Staten Island ya se habrían enfriado bajo el suelo húmedo de Nueva York, y con ellas, la última línea escrita por los hombres que alguna vez creyeron que mi existencia podía tasarse en fajos de billetes de cien dólares. La terminal central de Byzantium parpa