El silencio que se cernía sobre el despacho principal de la fortaleza en Kythira no era el de una tregua ordinaria; era la quietud pesada y cargada de azufre que queda en el aire después de que un dios del caos decide bajar el telón sobre un escenario repleto de cadáveres. La luz de la tarde entraba en diagonal por los ventanales de arco, proyectando sombras alargadas que cortaban el suelo de parqué como las líneas de un tablero de ajedrez donde ya no quedaban piezas por mover. Las cenizas anal