El amanecer provenzal intentaba abrirse paso por el ventanal del Mavros IV, pero para mí el sol se había apagado en el instante en que leí el mensaje encriptado de Nueva York. Londres. La red profunda del Reino Unido estaba subastando un fantasma, una réplica exacta de la mujer que me había dado la vida y cuya muerte en Sicilia creíamos haber vengado. Sentada en el borde de la cama, vestida únicamente con una bata de seda color púrpura oscuro que se abría sobre mis piernas, sentí el peso del di