La bruma industrial que ascendía desde el East River envolvía los muelles de Brooklyn como un sudario de alquitrán y salitre podrido. Eran las tres de la madrugada, la hora en que Nueva York esconde sus peores crímenes bajo el estruendo de las sirenas lejanas. Frente a nosotros, el almacén número diecisiete se alzaba como una mole de ladrillo visto y vigas de hierro oxidado, un vestigio del viejo puerto que los Moretti habían transformado en su último búnker. A través de las ventanas superiores