El cielo sobre el mar Jónico comenzaba a teñirse de un azul profundo cuando el jet privado de los Kyriakos descendió sobre la pista de la isla. Desde la ventanilla, la villa de mármol blanco destacaba como una fortaleza de luz y piedra contra el océano. Dejábamos atrás el frío de Lombardía, el olor a pólvora de Milán y el ruido de una guerra que había intentado arrebatarnos nuestra identidad. Ya no éramos los fugitivos que escapaban de un Lobo Blanco o de las celdas de la CIA; éramos los sobera