El viento en la cima del acantilado soplaba con una saña que parecía querer arrancarnos de la piedra, arrastrando consigo el olor a salitre y a vegetación podrida que siempre precedía a la calma tras la tormenta. Frente a nosotros, alzándose como un dedo de piedra roto que señalaba a un cielo gris, se encontraba el viejo faro de Punta de Piedra. Era una estructura imponente, devorada por el tiempo y el olvido, con la pintura blanca descascarada y las ventanas superiores como ojos vacíos que mir