El aire en el sótano cuatro del Ministerio de Defensa era gélido, un frío artificial diseñado para mantener a temperatura las máquinas, pero que a nosotros se nos colaba bajo la piel como una advertencia de muerte. El silencio era casi absoluto, solo roto por el zumbido constante de los ventiladores y el latido desbocado de mi propio corazón, que parecía querer escaparse de mi pecho. Mateo caminaba un paso por delante de mí, moviéndose con esa gracia letal que solo tienen los que han nacido par