El humo de la batalla todavía se enroscaba entre los troncos de las ceibas, mezclándose con la neblina espesa de la selva que empezaba a enfriar el campamento de Bastián. Me encontraba sentada sobre un cajón de municiones vacío, observando cómo Mateo limpiaba una herida superficial en su brazo con la misma calma con la que alguien lee un libro. A nuestro alrededor, los hombres de la resistencia se movían como sombras, remendando redes de camuflaje y contando las bajas de un enfrentamiento que,