El asfalto de la ciudad me devolvía el calor sofocante de una capital que, aunque era medianoche, parecía arder bajo una tensión invisible. Mateo caminaba apoyado en mi hombro, con el paso cada vez más pesado y la respiración convertida en un silbido ronco que me desgarraba el alma. Sentía su sangre, caliente y espesa, empapando mi costado, recordándome con cada centímetro que avanzábamos que el tiempo no era nuestro aliado. Habíamos logrado salir del Ministerio por un conducto de ventilación q