El asfalto de la capital parecía una lengua negra que intentaba tragarse el coche mientras Estrada conducía con una desesperación contenida, esquivando callejones y cambiando de dirección cada vez que veía unas luces demasiado brillantes por el retrovisor. Yo iba encogida en el asiento del copiloto, apretando el microchip contra mi pecho como si fuera el corazón de un demonio que me quemaba la piel, pero el dolor físico no era nada comparado con el vacío abrasador que sentía al mirar hacia atrá