El viaje hacia la capital fue un borrón de luces de emergencia, asfalto mojado y el rugido constante de los motores de la escolta que Estrada había enviado para rescatarnos del desfiladero. Me encontraba recostada en el asiento trasero de un blindado, con la cabeza apoyada en el hombro de Mateo, sintiendo el calor de su cuerpo como la única realidad sólida en un mundo que se desmoronaba por momentos. Sus manos, todavía manchadas de la pólvora del tiroteo, sostenían las mías con una firmeza que