El tic-tac de un reloj de pared, antiguo y pesado, marcaba el ritmo de mi ansiedad en aquel sótano que olía a soldadura y a papel viejo. Estaba sentada frente a una de las pantallas de Lázaro, viendo cómo las barras de progreso avanzaban con una lentitud desesperante, mientras mis dedos golpeaban rítmicamente la mesa de metal. Estrada se había ido hacía apenas veinte minutos, convencido de que podía usar sus contactos en la prensa para ganar algo de tiempo, pero el silencio que dejó a su paso s