El eco de las palabras de la tía Elena todavía flotaba en el aire gélido del desfiladero cuando el primer disparo rompió el cristal de una de las camionetas, desatando un infierno de pólvora y metal. Me tiré al suelo de inmediato, sintiendo cómo los trozos de asfalto y grava saltaban cerca de mi rostro, mientras el estruendo de los fusiles rebotaba en las paredes de piedra de la Cordillera Blanca. Los mercenarios de Elena, profesionales entrenados para no dudar, abrieron fuego en abanico, oblig