El frío del amanecer se me clavaba en los pulmones, recordándome con cada bocanada que seguíamos vivos, a pesar de que la montaña todavía temblaba bajo nuestros pies por el eco de las explosiones. Mateo y yo caminamos en silencio por la cresta de la colina, alejándonos de la mina que se había convertido en una tumba de piedra y humo, buscando desesperadamente una señal en el teléfono satelital que Nico nos había entregado. Mis manos, cubiertas de hollín y sangre seca, temblaban no solo por el e