CAPITULO 31

La entrada de la mina vieja se alzaba ante nosotros como la boca de un gigante dormido, un bostezo de piedra y vigas de madera podrida que prometía el único refugio posible contra las ráfagas de viento y los focos del helicóptero. El frío de la lluvia nos había calado hasta los huesos, y sentir el aire estancado y seco del túnel fue, por un instante, un alivio que nos hizo bajar la guardia. Mateo me sujetó del brazo, obligándome a detenerme justo en el umbral, mientras sacaba una pequeña linter
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