El aroma a antiséptico y lavanda inundaba la habitación, un contraste casi irreal con el olor a lodo y muerte que se me había quedado pegado en la pituitaria durante las últimas horas. Me encontraba sentada en una silla de mimbre al lado de la cama, observando el pecho de Mateo subir y bajar con una cadencia más tranquila, mientras el monitor cardíaco emitía un pitido constante que se había convertido en mi único consuelo. Sus dedos, largos y fuertes, estaban pálidos, pero el calor empezaba a r