El metal del arma se sentía frío y pesado en mis manos, una extensión de mi propio miedo mientras observaba aquella sombra recortada contra la luz grisácea de la mañana. Me mantuve agazapada junto al cuerpo inerte de Mateo, protegiéndolo con mi sombra, dispuesta a apretar el gatillo si el hombre que apartaba los helechos daba un paso más en la dirección equivocada. Mi corazón latía con una fuerza sorda, una percusión que parecía llenar todo el manglar, hasta que la silueta se detuvo y levantó l