La lancha rápida de la doctora Isabel cortaba las olas con una furia metálica, dejando atrás el resplandor naranja de la casa que se consumía en el Estero del Diablo. El viento de la madrugada me golpeaba la cara, trayendo el sabor amargo de la pólvora y la sal, mientras Mateo, sentado a mi lado, mantenía la vista fija en el horizonte oscuro de la costa norte. A pesar de los vendajes y de la palidez que aún le recorría las facciones, se movía con una precisión que desafiaba a la muerte. Su mano