Las horas que siguieron a la partida de Kaelan y Lysander fueron un suplicio de silencio y sombras. Me quedé en sus aposentes, porque Cassian insistió en que era el lugar más fácil de defender. El vampiro silencioso se apostó junto a la puerta, inmóvil como una estatua, pero sus sentidos estaban desplegados como un radar viviente, escaneando la mansión en busca de la más mínima amenaza.
Yo no podía estarme quieta. El frío contacto de los labios de Kaelan en mi frente aún ardía, un sello de hiel