Morwenna nos guió más allá de la boca de la caverna, hacia un mundo que desafíaba toda lógica. No era día ni noche, sino una eterna penumbra crepuscular. Un bosque de árboles pálidos y retorcidos se alzaba bajo un cielo de nubes bajas y violáceas que parecían respirar. El aire olía a tierra húmeda, hierbas extrañas y ozono. Este era el Reino de la Niebla, un lugar entre lugares.
La cabaña de Morwenna no era una construcción, sino un árbol viviente gigante, ahuecado por el tiempo y la magia. Las