La paz que había impuesto en la cámara del Concilio se desvaneció tan rápido como había llegado, dejando a nuestra estela un caos rugiente. Los gritos de furia del Archimago y las órdenes cortantes de Seraphine nos persiguieron por los pasillos de piedra. Ya no éramos invitados; éramos renegados.
Kaelan nos guió con una determinación feroz, tirando de mi madre con una mano mientras yo corría a su lado. Ella, pálida y jadeante, se aferraba a su brazo, sus ojos estaban desorbitados por el terror