El silencio que siguió a la partida de los Desdibujados era más pesado que su presencia. El aire mismo en el claro parecía haberse solidificado, cargado con el eco de mi propio poder contradictorio. Me temblaban las manos, no por el esfuerzo, sino por la revelación de lo que había hecho. No era solo una Presagio, o una hija, o un arma. Era un caos andante.
Kaelan me ayudó a levantarme, su agarre era firme pero carecía de la intensidad posesiva de antes. Ahora era puramente práctico, la mano de