El paisaje que rodea el desfiladero de la frontera este padece una quietud mineral que los técnicos del búnker denominan vitrificación de campo. Tras el paso del huracán de plasma, las dunas de azufre y la roca basáltica se funden en una sola superficie continua de escoria negra y verdosa, un espejo opaco que refleja la iluminación intermitente de las chimeneas superiores. Los restos de las tres falanges del búnker exterior número cuatro yacen incrustados en esa costra vítrea, reducidos a silue