El búnker no gime; se desintegra en un silencio de frecuencias bajas que solo Joseline, conectada a los nervios de acero de la torre norte, es capaz de percibir. La temperatura en los niveles residenciales cae tres grados por ciclo, una bajada que los termostatos intentan enmascarar con lecturas falsas, pero la realidad se filtra por las grietas: el aire tiene un regusto metálico, a ozono rancio y a cobre quemado. La sobreexposición al plasma, el esfuerzo titánico de mantener la estabilidad del