El búnker respira de una manera distinta. Ya no hay ese zumbido constante de alta frecuencia que Joseline sentía como una extensión de sus propios nervios; ahora, el sonido dominante es el aire circulando por los conductos metálicos y el murmullo lejano de los generadores manuales. El silencio es denso, casi tangible. Joseline yace en su lecho, en la torre norte, observando cómo la luz natural, filtrada por el ventanal blindado que da al exterior, dibuja rectángulos de penumbra sobre la pared d