El coche estaba estacionado frente a la gran casa, el motor en marcha, listo para llevar a Nerea y a Roxana lejos de todo lo que conocían. Roxana, con los ojos inundados de lágrimas, sollozaba desconsoladamente, incapaz de comprender por qué debían alejarse de su padre, de su hogar. Nerea, sentada junto a ella, compartía el dolor de la niña, aunque sus razones eran más complejas, tejidas con hilos de arrepentimiento y culpa.
Nerea aún conservaba la esperanza, por mínima que fuera, de que Vasily