—Buenas tardes —saludó el médico, quien al ver la puerta abierta no se preocupó en tocar. Mas, la escena que tenía frente a él, le dejaba en claro, su imprudencia.
Isabella retrocedió con rapidez, mientras Ignacio bajaba los brazos y metía las manos dentro de los bolsillos de su pantalón.
—Doctor Violi —balbuceó ella—. Que bueno que ha venido.
—Buenas tardes, doctor —Ignacio murmuró apenas.
—¿Cómo está Isabella? —preguntó con tono suave.— ¿Señor Montenegro?
—Bien, bien. Ansiosa de poder l