¡Una mentira... piadosa?
—Perfecto. Entonces en lo que el médico le dé de alta, los llevaré hasta allá. —dijo sonriendo.— Sé que a Fabián le va a encantar el lugar.
—Gracias, señor Montenegro. —contestó ella manteniendo la formalidad y la distancia entre ellos.
—No tienes nada que agradecer, Isabella. Sólo deseo que ustedes estén bien. —suspiró hondo— Por cierto ¿Cómo sigues de tu tobillo?
—Mucho mejor, ya no me duele tanto para caminar.
Él miró su reloj antes de informarle que debía retirarse:
—Ahora debo regresar a mi oficina. Cuídate y cuida de Fabián.
Aunque en el fondo Ignacio no quería marcharse, debía cumplir con varios asuntos del bufete de abogados *Montenegro y asociados* que presidía.
Ella asintió ligeramente.
Apenas salió de la habitación, Isabella se dejó caer en el sillón agotada físicamente. Las horas pasaron con lentitud. A ratos Fabián despertaba, ella se ocupaba de atenderlo, darle el almuerzo, leerle algún cuento improvisado por ella. En otros momentos, ella cerraba los ojos p