Si Antonella creía que aquella era una guerra únicamente legal, estaba equivocada.
Se levantó de su asiento y fue hasta su recámara para descansar. Estaba exhausta. Se cambio de ropa, se puso algo cómodo para dormir. Apenas se sentó en el borde de la cama y se quitó las pantuflas, cuando su teléfono sonó. Era Arístides. Atendió con rapidez.
—¿Cómo te sientes? —preguntó él.
—Cansada, sorprendida con lo que está pasando —contestó.
—Te entiendo —dijo e hizo un largo silencio. Luego habló:—