—Ustedes son tal para cual… — murmuró Adara. — ¿Y que si lo estoy? Eres mi esposo ahora, no me agrada que otras mujeres se comporten así contigo. — respondió a verlo molesta, esa mujer parecía sentirse con derecho a hacer lo que hizo.
Sí, estaba molesta, tal vez celosa, ¿Y qué?
Dante sonrió de medio lado y negó en silencio. Era divertido verla de esa forma; rara vez la orgullosa Adara, dejaba ver sus sentimientos.
—Vamos Adara…es nuestra noche de bodas, no hablaremos de tonterías ni de gente sin importancia. — le respondió el rubio, deteniéndose en un edificio de departamentos, en donde tenía su propio santuario privado. Querría pasar la noche allí, le había pegado la gana hacerlo.
Cuando estuvieron en el estacionamiento del edificio en el cual vivía, Dante ayudó a Adara a salir del auto e ingresaron al elevador.
Adara se recargó en las metálicas paredes del elevador, y cuando éste comenzó a moverse ella pareció perder el equilibrio.
—¿Estás bien? — Dante la sostuvo en sus brazos al