—¿A-Adara? — cuestionó sorprendido el apuesto magnate de cabellos rubios.
—Por favor, no te gires hacia mi…esto es, vergonzoso…tan solo déjame estar aquí esta noche, pues tengo miedo de los truenos. — pidió la hermosa pelirroja.
Dante sonrió. Aquello le traía nostálgicos recuerdos…
—Está bien…durmamos juntos esta noche, como hicimos una vez de niños. Prometo mantener mis manos quietas. — respondió Dante.
Adara se aferró aún más a la espalda de su esposo.
—Nosotros…ya no somos niños… — respondió Adara, ocultando su enrojecido rostro en la ancha y masculina espalda del rubio.
Dante sintió los pechos de Adara pegarse a su espalda, y sus mejillas también enrojecieron. Quería girarse hacia ella y besarla, pero se quedó estático, tal y como ella se lo había solicitado.
—Es verdad…ya no somos unos niños… — dijo el rubio con nostalgia.
Adara cerró los ojos, y sintió el aroma de su esposo. Dante sintió que su deseo despertaba al sentirla a ella tan cerca. Ambos habían sido amigos, ambos se hab