—¿A-Adara? — cuestionó sorprendido el apuesto magnate de cabellos rubios.
—Por favor, no te gires hacia mi…esto es, vergonzoso…tan solo déjame estar aquí esta noche, pues tengo miedo de los truenos. — pidió la hermosa pelirroja.
Dante sonrió. Aquello le traía nostálgicos recuerdos…
—Está bien…durmamos juntos esta noche, como hicimos una vez de niños. Prometo mantener mis manos quietas. — respondió Dante.
Adara se aferró aún más a la espalda de su esposo.
—Nosotros…ya no somos niños… — respondió