Aquella lujosa celebración había terminado. Todos los invitados se habían marchado ya, y Adara observaba la hermosa luna llena que había esa noche, desde el enorme balcón lleno de plantas de la habitación de Dante, a donde le habían ordenado subir después de que el ultimo invitado se había marchado. Sus manos temblaban ligeramente, y su pecho iba y venía agitado en el vaivén de su nerviosa respiración.
Dante querría…esa noche…y ella aún era virgen.
¿Qué se supone que iba hacer?; sabía que era p