Mundo ficciónIniciar sesiónEl día que enterró a su esposa, Masaki Nakamura comprendió que no sentía dolor, solo vacío. Durante años vivió atrapado en un matrimonio construido por conveniencia, obedeciendo el destino que su familia eligió para él y enterrando el único amor que realmente marcó su vida: una geisha a la que conoció cuando apenas tenía dieciocho años y a la que nunca volvió a ver. Desde entonces, Masaki aprendió que amar solo conduce a la pérdida. Ahora, convertido en uno de los CEOs más poderosos de Japón, cree tener el control absoluto de su vida. Sin embargo, todo cambia cuando su hermano lo convence de asistir a una exclusiva presentación de geishas la misma noche del funeral de su esposa. Allí ve a Akira, una geisha joven, hermosa y seductora que lleva a Masaki a revivir un pasado lleno de recuerdos y de intensa pasión. Akira, por su parte, es una joven que jamás ha creído en el amor. Después de crecer viendo a su madre luchar sola tras ser abandonada por el hombre que prometió amarla, juró que nunca repetiría la historia de su madre. Convertirse en geisha, representa para ella la oportunidad de alcanzar el lujo, la estabilidad y la libertad que la pobreza nunca le permitió tener. Pero en el instante, en que sus ojos se cruzan con los de Masaki Nakamura, todas sus convicciones comienzan a derrumbarse. ¿Podrá Akira cumplir su juramento o terminará vencida por el amor? ¿Está Masaki realmente enamorado de ella o solo intenta revivir, a través de Akira, el amor que perdió en el pasado?
Leer másAquel era el peor día para Masaki, aún no lograba superar la noticia. A pesar de que sabía sobre la enfermedad de Sora, esperaba que se hiciera un milagro y ella pudiera salvarse.
—Lo siento mucho —dijo Kyo colocando su mano sobre el hombro de su jefe. Él volteó a verla, y una lágrima se deslizó por su rostro. Sora era la mujer que Masaki aprendió a amar. Llevaban veinte años casados, aprendiendo el uno del otro, creciendo como pareja; por eso cuando supo que ella tenía una enfermedad terminal, sufrió a su lado aquel tormento. Fueron veinte años juntos, y ahora ella no estaba, se había ido para siempre. Isamu se acercó a su padre y lo abrazó con fuerza, Masaki acunó su rostro entre sus manos. —¡Padre! ¿Por qué ella? —preguntó con voz trémula. —No lo sé, Isamu. —contestó con voz cálida—. La vida es uno de los misterio más grande que debemos descifrar y peor aún, aceptar. El ataúd descendió ante la mirada triste del padre y su hijo; el silencio era perturbador. Todos vestían de blanco presenciando aquel momento como un acto de reflexión. Para ellos, es costumbre ver la muerte como algo inevitable, por lo que la procesión, como dicen, va por dentro. Masaki dejó caer la flor amarilla sobre la lapida. Respiró profundamente para evitar quebrarse frente a todos. Luego caminó hasta la entrada del cementerio. Se detuvo frente al coche, abrió la puerta y subió al asiento trasero donde Kyo junto a su guardaespaldas, aguardaban por él. —¡Vamos a la empresa, Hiroshi! —le ordenó a su conductor. El hombre lo miró por el retrovisor y asintió. —¿De verdad, piensas ir a la empresa? —cuestionó la hermosa asistente—. Deberías descansar. —No puedo, Kyo. Si me quedo en casa, no podré soportarlo. Además ya llevo dos días sin ir a la empresa. Frotó sus ojos con ambas manos. Estaba exhaustos, fueron dos largas noches de insomnio, de esperar aquel triste desenlace sin poder hacer nada para evitarlo. —Eres el dueño. —insistió la joven—. No tienes que darle explicaciones a nadie. —No debo dar explicaciones, pero sí debo ser el ejemplo. Kyo se encogió de hombros. Con lo testarudo que era su jefe, no tenía caso insistirle. Masaki se perdió en sus pensamientos, mientras desde el retrovisor, Hiroshi y Kyo intercambiaban miradas de complicidad. Minutos después, el chofer estacionó el auto frente al imponente edificio de las empresas “Nakamura Tecnologich”. Masaki y la hermosa asistente descendieron de la limusina negra, marca Ferrari 360. Él caminó a su lado, entraron a la empresa, volviéndose el foco de atención de los empleados. La reacción de éstos de asombro fue instantánea. Mientras, se encaminaban hacia la oficina principal del CEO, los comentarios no se hicieron esperar. El sonido de los murmullos resonaba en los pasillos como el canto de la lluvia cuando arrecia. “No puedo creer que su amante haya asistido al funeral de su esposa.” “Pobre mujer, no merecía morir siendo engañada.” “El karma existe, pronto verás a los dos ardiendo en el infierno.” El hombre entró a su oficina y Kyo a la suya. Masaki se dirigió hacia la pared de vidrio y desde allí observó los rascacielos. Respiró profundo. Aún no podía creer que Sora estuviera muerta. Los golpes en la puerta lo sacaron de sus pensamientos. Se giró hacia la puerta interna que conectaba ambas oficinas. La chica de cabello liso hasta los hombros y rostro delicado cruzó el umbral dirigiéndose hasta el escritorio. —Aquí tienes los documentos que faltan por firmar. —dijo, colocando el lote de carpetas encima de la superficie pulida de madera. Masaki levantó el rostro. Aplanó sus labios forzando una sonrisa breve. La joven lo miró con pesar. No era agradable ver en el rostro de su jefe aquella expresión de derrota. Negó con su cabeza ligeramente, giró sobre sus propios pies y regresó a su oficina. Masaki se sentó en su sillón. Tomó una de las carpetas y comenzó a leer el documento. Sin embargo, fue inútil. No lograba concentrarse, aunque lo intentara, no lograba hacerlo. Dejó a un lado la carpeta, entrecruzando los dedos de ambas manos. Afuera, en el pasillo, los comentarios seguían. —Es lamentable lo que le pasó al Sr Nakamura. Está devastado —comentó Jin, mientras entraba en otra de las oficinas—. Aún no puedo creer que siendo tan joven, la señora Sora haya muerto. —¿Devastado, dices? —replicó la otra mujer mientras limpiaba el escritorio—. Yo lo veo de lo más tranquilo. Se incorporó cruzándose de brazos y miró a su compañera. —Los rumores que circulan por el pasillo de la empresa es que era un mujeriego y su pobre esposa murió de tristeza. Claro y como ahora la pobre ya no está, pues parece perturbado. —masculló la empleada—. Arrepentido es lo que debe estar. —No digas esas cosas, —replicó Jin—. Hay gente que habla más de lo debido e inventa cosas que no son. —No defiendas lo indefendible, Jin. Todos saben que la asistente es su amante desde hace un tiempo. Siempre la lleva a todos lados, a sus “viajes de negocios” a los cocteles, a las reuniones, no hay ni un momento en que no esté ella acompañándolo. ¡Podría ser su hija! —espetó. —Nunca te dejes llevar por lo que escuchas, tienes que tener certeza de las cosas para poder hablar de esa manera. —Lo que pasa contigo, es que eres muy ingenua. Te conviene siempre pensar que todos los que te rodean son buenos, y no es así, Jin. —Quizás, pero prefiero creer en las personas antes de juzgarlas sin saber. La mujer rió del comentario de su amiga y le hizo una reverencia. —¡Ojalá nunca recibas la traición de alguien en quien confías ciegamente! —espetó, mientras salía de la oficina sonriendo con sarcasmo y agitando el paño que llevaba en su mano. Jin terminó de barrer la oficina y se dilató un poco, prefería no estar junto a su compañera de limpieza. Además le fascinaba observar a su jefe trabajando. Siempre había sentido admiración por aquel hombre, no sólo era inteligente y exitoso, también lucía muy bien a su edad. Era alto, delgado, atlético, su cabello negro hacían juego perfecto con el color de sus ojos. Justo en ese momento, sonó su móvil, lo sacó del bolsillo de su pantalón y atendió la llamada. —¡Akira, hija! Por fin llamas. Me tenías preocupada. —Mamá, no exageres, hablamos anoche. —contestó con tedio. —Igual cariño, me preocupa cuando no sé de ti. ¿Cuándo tendrás vacaciones? —En un mes. Estamos en exámenes de final de semestre. —Cuento los días para verte, hija. Te extraño mucho —respondió la madre. —También te extraño, mamá. —exhaló un suspiro—. Te llamo luego, debo volver a clases. Akira finalizó la llamada, dejó el móvil sobre la cómoda y se dispuso a terminar de maquillarse para su debut. Había cumplido su entrenamiento como Maiko y finalmente esa noche se bautizaría como Geisha…Apenas amaneció, Akira despertó. Se levantó enérgicamente de la cama y fue hasta la ducha. Lo había pensado muy bien y estaba convencida de que Masaki Nakamura era el hombre que quería como danna. Luego de vestirse, fue directamente hacia el salón de ensayos. Sabía que si lograba llegar antes que el resto de las geishas tendría mayor tiempo para pulir y perfeccionar su presentación de esa noche. La música tradicional comenzó a sonar mientras ella ejecutaba los primeros pasos de la coreografía. Sus movimientos eran elegantes y precisos. El abanico se abría y cerraba entre sus dedos con una gracia que había logrado perfeccionar con rapidez.Estaba tan concentrada que no escuchó los pasos acercándose. Cuando levantó la vista, vio a Hana de pie, observándola desde el umbral. Durante unos segundos, la okasan permaneció en silencio contemplándola. Era imposible negar el talento de la joven y hermosa joven. Akira poseía una belleza refinada y sensual. Tenía talento, inteligencia y e
Hana abrió los ojos. Una profunda nostalgia se instaló en su pecho. No fue fácil para ella descubrir que su amante no sólo era el hermano del único hombre de quien realmente se enamoró aquella noche en el bar cuando apenas tenía veinte años sino que además era el tío de su hija. Su madre Keiko, se lo confesó pocas horas antes de fallecer. Y cuando se lo preguntó a Kenji, él fue incapaz de negarlo. Llevaban dos años y medio siendo amantes. Habían prometido siempre no hablar de su otra cosa que no fuera de ellos dos y de lo que ambos sentían. Mas, no podía imaginar que el hombre que le había hecho creer nuevamente que merecía ser amada fuera justamente el hermano menor de aquel joven inexperto que llegó al bar buscando un poco de compañía y amor. En ese momento, ambos callaron cierta parte de la historia. A Hana, no le convenía contarle a Kenji que había quedado embarazada de Masaki aquella vez y que su hija, era su sobrina. A él, no le convenía decirle que su hermano nunca la h
Hana caminó lentamente por el pasillo. De regreso a su habitación. La casa estaba en silencio, a esa hora de la noche, ya todos se habían marchado, inclusive él, su amante nocturno. Entró al dormitorio. La cama permanecía deshecha. Las sábanas arrugadas y húmedas conservaban todavía las huellas de su presencia y el aroma a perfume caro de su amante incondicional. Evidencias de una felicidad que siempre debía permanecer oculta.Hana cerró la puerta con suavidad y observó con cierta melancolía la alcoba, como si aquella realidad le generara ansiedad. Tomó asiento al borde de la cama.—Kenji… —susurró mientras acariciaba la almohada.Tomó el abanico que reposaba sobre la mesa, lo acercó a su rostro y cerró los ojos. El aroma suave de aquel souvenir la envolvió de inmediato llevándola al pasado y a aquella tarde lluviosa. Tres años atrás… Era una tarde lluviosa. Hana había salido a recorrer algunas tiendas en busca de accesorios para el espectáculo de sus aprendices. Entró a
Masaki condujo a Akira lentamente hasta la cama, sin apartar la mirada de sus ojos. Con delicadeza, llevó una mano hasta el lazo que sujetaba el albornoz de seda roja que envolvía su figura. Sus dedos deshicieron el nudo con parsimonia. La prenda se abrió lentamente, resbaló sobre su piel como una suave caricia antes de caer hasta el suelo. El CEO la observó de pie a cabeza como quien mira una pieza escultórica con admiración y a la vez, con miedo de romperla. Akira contuvo el aliento. La intensidad de aquella mirada hizo que un estremecimiento recorriera todo su cuerpo.Masaki acortó la distancia que aún los separaba y la envolvió nuevamente entre sus brazos. El calor de su abrazo la rodeó por completo, haciéndola sentir protegida y vulnerable al mismo tiempo.Por un instante, el mundo pareció desaparecer. Solo existían el latido acelerado de sus corazones y aquella inexplicable sensación de pertenecerse a uno al otro.Masaki buscó nuevamente su boca. Volvió a besarla, esta ve
Último capítulo