Akira permaneció inmóvil dentro de la tina de madera, sintiendo como el l agua tibia cubría su cuerpo hasta los hombros, envolviéndola en el sutil perfume de los aceites de flores de cerezo. Cerró los ojos y lentamente apoyó la cabeza contra el borde de la bañera intentando relajarse y no pensar.
Sin embargo, fue imposible. Cada vez que trataba de controlar sus pensamientos, la imagen de Masaki, regresaba a ella. Era casi imposible no recordar su mirada intensa, ese tono grave, pero a la vez,