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Netsubō (Anhelo ardiente o deseo apasionado)

Luego que ambos hombres se retiraron, Akira fue hasta su habitación para descansar.

Frente al espejo, comenzó a retirar lentamente la pasta blanca de su rostro. La tela húmeda descendió por su mejilla mientras observaba su reflejo deshacerse poco a poco. Sin maquillaje, se sentía extrañamente vulnerable.

Sin embargo, lo que más la perturbaba era recordar el instante en que los ojos de aquel desconocido se encontraron con los suyos.

No la había mirado como se mira a una geisha, con deseo evidente ni frivolidad y eso la descolocada por completo.

Akira cerró los ojos un instante, intentando apartar aquella sensación absurda que le oprimía el pecho. Sin embargo, cuanto más luchaba por controlarse, más presente se volvía su recuerdo.

Entonces escuchó el suave crujido de la puerta al abrirse. Hana entró en silencio y se acercó a ella.

—Creo que tuviste muy bien para ser tu primera vez. —dijo colocando sus manos sobre sus hombros y mirándola a través del espejo.

—Gracias, madre. —contestó Akira.

—Me pareció notarte un poco incómoda con el señor Masaki o me equivoco.

Akira guardó silencio por unos segundos.

—Es un tanto misterioso, fue algo que me perturbó en su mirada. Esa tristeza que había en sus ojos me conmovió.

—Eres muy observadora, Ame. Eso es un punto clave en esta profesión. —suspiró la mujer—. Siempre me sorprendió lo rápida que fuiste para aprender todo. Lo que cualquier chica hubiese aprendido en cuatro años, tú lo lograste en uno.

—Cuando hay un verdadero interés de por medio, aprendes lo que sea. —contestó con voz firme y suave—. Por cierto, madre… ¿crees que en un mes pueda viajar a Yokohama? Mi mamá insiste en verme.

—Por supuesto que puedes. Esto no es una cárcel. —afirmó—. No como lo era el siglo pasado. Ahora hay cierta flexibilidad y además… ya llevas un año aquí dentro. Pero —Hizo una pausa breve— sólo podrás ir los primeros días de la semana. Ya sabes que los días fuertes en el bar son los finales.

—Gracias, Hana. —tomó las manos de su okasan y las besó con respeto.— Te prometo que aquí estaré sin falta. No ha sido fácil para mí ocultarle a mi madre lo que estoy haciendo.

—Te entiendo perfectamente. Yo también he tenido que ocultarle cosas a la persona más importante de mi vida, mi hija.

Akira la observó con asombro mientras Hana comenzaba a deshacerle el peinado, retirando los ganchos de su cabello.

—A veces nos toca sacrificarnos por nuestros hijos, o en tu caso, por nuestros padres. Y eso es amor, porque cuando realmente amas a alguien, haces lo posible por verle feliz.

—Tus palabras me reconfortan —Akira sonrió breve—. Llevo días sintiéndome como la peor de las hijas. Cada vez que mi madre me pregunta sobre la universidad y debo mentirle, pienso en que no merezco ninguno de sus sacrificios.

—En algún momento deberás decirle la verdad.

La chica asintió.

—Yo estuve por más de quince años ocultándole a mi hija sobre mi verdadero trabajo. —bajó el rostro desconcertada.

Su mirada reflejaba no sólo vergüenza sino también una profunda tristeza.

—No fue fácil ver lo decepcionada que estaba de mí. No te imaginas lo duro que fue tener que pedirle perdón por todo lo que hice. —murmuró apenas—. Sé que le avergüenza decir que soy su madre.

—¿Logró perdonarte? —preguntó Akira con curiosidad y a la vez, preocupada.

—No lo sé. —suspiró.

El tono de su voz estaba lleno de melancolía.

—Desde que consiguió ese empleo y trabaja junto a su padre, no he vuelto a saber de ella.

Akira permaneció callada, escuchando a su okasan en silencio y sin opinar.

—Yo que hice todo para darle la buena vida que nunca tuve, terminé siendo la villana. Mientras que el hombre que me abandonó cuando estaba embarazada, ahora es su héroe. —dijo encogiéndose de hombros—. A veces la vida es muy injusta.

—Yo le debo a mi madre todo lo que hizo para criarme y darme lo poco que pudo. Por eso quiero, no sólo devolverle todo lo que ha invertido en mí, sino darle lo que ella nunca pudo tener.

—Eres una buena chica, Ame. —dijo Hana frotándole su negra cabellera.— Listo, ya puedes peinarte.

—Gracias, madre.

—No fue nada. —sonrió breve—. Iré a descansar un poco.

Justo cuando se disponía a salir de la habitación de Akira, se detuvo y giró lentamente hacia ella.

—¡Ah! Creo que el señor Masaki, sería un perfecto danna para ti.

La pelinegra entrecerró los ojos.

—Estoy segura de que lo cautivaste. —afirmó dándole un guiño—. Y créeme casi nunca me equivoco. Si regresa de nuevo al bar, será tuyo para siempre.

Akira sonrió, mientras Hana salía de la habitación y cerraba la puerta.

Quizás su okasan tenía razón y aquel hombre podía ser el proveedor perfecto que ella necesitaba para salir de la pobreza. Y aunque sabía que la relación entre una geisha y su danna no siempre debía ser sexual, por una extraña razón lo deseaba…

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