Akira permaneció inmóvil dentro de la tina de madera, sintiendo como el l agua tibia cubría su cuerpo hasta los hombros, envolviéndola en el sutil perfume de los aceites de flores de cerezo. Cerró los ojos y lentamente apoyó la cabeza contra el borde de la bañera intentando relajarse y no pensar. Sin embargo, fue imposible. Cada vez que trataba de controlar sus pensamientos, la imagen de Masaki, regresaba a ella. Era casi imposible no recordar su mirada intensa, ese tono grave, pero a la vez, aterciopelado de su voz además de esa presencia imponente y misteriosa que logró envolverla al instante. Soltó un suspiro de pesar. Era ilógico que acabando de ver y apenas conocer a Masaki Nakamura, todos sus pensamientos iban hacia él. Había conocido a jóvenes de su edad, con sus mismos intereses, hombres que la admiraban y deseaban, pero ninguno de ellos, había logrado perturbarla como él. Un hombre que le doblaba la edad, que no pertenecía a su mundo, pero cuya mirada parecía hipnotizar
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