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Mevak (Arte de apreciar las pequeñas cosas de la vida)

Esa noche fue imposible para Masaki sacar de su mente la sonrisa y la mirada de Akira. Aquella chica era realmente hermosa. Mas… no era su belleza lo que parecía atraerle, era algo más difícil de explicar y de entender.

De pronto vino a su mente un recuerdo, ese recuerdo que a pesar de su fugacidad, aún permanecía en su memoria, atesorado: Azumy. Ese era el nombre de aquella geisha que conoció mucho tiempo atrás, cuando apenas tenía dieciocho años.

***

Esa tarde Masaki llegó al bar. Estaba perturbado con la noticia que su padre acababa de darle.

—Te casarás con Sora, es una buena mujer, además de poseer una de las fortunas más grandes del país.

—¡Padre, no quiero casarme con alguien a quien no amo!

—Masaki, el amor es un sentimiento para débiles. Tienes que entenderlo. Cuando te enamoras pierdes el norte. —aseveró—. Luego se vuelve difícil, y casi imposible, retomar tu camino.

—Quisiera decirte que tienes la razón, padre. Pero eso sería tener que aceptar que nunca has amado a mi madre.

—¡Eso es distinto! Yo me casé con tu madre, así como se han casado todos mis ancestros, pensando en el futuro. —replicó—. Con el tiempo te vas acostumbrando a esa persona y ya luego, te es difícil ver la vida sin su compañía.

A pesar de que en ese momento, las palabras del patriarca, sonaron huecas para Misaki, veinte años después, aquel mismo mensaje cobraría el mayor de los sentidos. Él acababa de perder a su esposa y ahora que Sora no estaba, ver la vida sin ella a su lado, era doloroso.

—¡Tenías, razón padre! —murmuró en voz alta como si su padre estuviera frente a él para escucharlo.

Volvió a retraerse en aquel pasado.

—Si lo que deseas es decirme que quieres escoger a una mujer, —sacó un fajo de billete de la gaveta y lo colocó encima del escritorio — Ten, ve al bar y elige a alguna de esas prostitutas. Pronto verás que no hay gran diferencia entre tu futura esposa y cualquiera de ellas.

Masaki tomó el dinero sin dudarlo. No sólo quería estar con alguien que él mismo hubiese elegido para ser su primera vez, sino demostrarle a su padre que no siempre tenía la razón.

Fue caminando hasta el bar, dispuesto a encontrar a alguna mujer que lo mirara por lo que era y no por quién era. Un Nakamura.

Entró al local con la timidez propia de un joven que a su edad pisa, por vez primera, un sitio como aquel.

Fue recibido por la okasan, quien al verlo, supo que debía ser atendido por una de las mejores geishas del lugar, su propia hija, Azumy.

—¡Arigato! —Masaki hizo una reverencia y pidió ver a todas las geishas.

Quería escoger aquella que no sólo llenara su mirada sino también su corazón.

Desconcertada por la petición del chico de buen vestir y educación, la okasan fue hasta donde estaban las hermosas mujeres y les pidió a todas ir al salón principal. Cuando las seis chicas se colocaron frente a Masaki, no hubo necesidad alguna de escoger, el flechazo entre él y Azumy fue de inmediato.

—¡Ella! —murmuró.

La okasan sonrió satisfecha por su buen tino.

Azumy era su hija. Ella misma la había entrenado en el arte de la seducción para que encontrara un buen danna que le ofreciera la vida que ella misma no tuvo. Lo que no imaginaba, la experta mujer, era que aquel cliente tuviese marcado su destino.

—Bien, aguarde un minuto. Ya se la traigo.

La mujer se internó por el largo pasillo, mientras Makasi aguardaba, nervioso.

Cuando su madre le anunció que había sido la elegida por el apuesto joven. Azumy sintió que su corazón iba a estallar de emoción.

—Es tu oportunidad, hija. Tienes que aprovechar este momento y conquistar a ese chico. Se nota que es inexperto. Usa todos tus encantos y habilidades para que se convierta en tu danna.

—Haré lo que deba, madre —hizo una reverencia y fue hasta el pequeño salón donde aguardaba Masaki.

Azumy comenzó a danzar para él, mientras Misaki parecía embelesado ante la hermosura y los finos movimientos de su geisha. Cuando ella terminó de bailar, él aplaudió de forma exagerada y efusiva, robando una sonrisa a la hermosa mujer. Ella hizo una reverencia y con lentitud se aproximó hacia el joven.

Al inicio la joven quiso conversar un poco, mas él apenas asentía. Estaba ansioso por estar con aquella mujer.

En medio de la platica, tomó su mano entrelazando sus dedos con los de su delicada mano. Aquel gesto de Masaki conmovió a Azumy, quien se levantó del piso, extendió su mano y lo llevó directamente hasta la habitación contigua.

No hubo palabras, sólo miradas cómplices.

Cuando Azumy comenzó a desvestirse, Masaki observó su esbelta figura. Era de cintura estrecha, sus senos eran perfectamente armónicos como el resto de su cuerpo y aunque no poseía amplias caderas ni curvas exageradas, era la primera mujer que tenía frente a él.

Misaki se acercó. Con delicadeza besó sus hombros. Su piel era suave como la seda y tenía el olor particular de las cerezas.

El inexperto joven deseaba acariciarla toda y eso hizo. Primero con sus manos y luego con sus labios. Azumy dejó que el apuesto caballero la sintiera por completo.

La forma en que la rozaban sus dedos le hablaba de una sensibilidad que nunca antes había tenido ante ella.

Cuando Masaki quiso tocar un poco más abajo, ella lo detuvo.

—¡Es mi turno! —susurró y se arrodilló frente a él.

Azumy desajustó el cinturón de cuero negro. Luego desabotonó el pantalón y con un movimiento preciso bajó la cremallera. El pantalón se deslizó hasta sus rodillas. Ella acarició con su mano diestra la virilidad de Masaki.

Él cerró los ojos por un momento, al sentir como su miembro empezaba a endurecerse y palpitar con rapidez.

Luego los abrió lentamente y la miró a los ojos. Ella acercó su rostro hacia su miembro haciendo que Masaki se estremeciera por completo…

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