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Ore dake no hana (Mi flor únicamente)

Akira deslizó la esponja sobre su cuello expandiendo el oshiroi –base blanca– con precisión por el resto de su rostro y su cuello.

Se miró al espejo por unos segundos y sonrió levemente.

A pesar de que estaba feliz y se sentía satisfecha por haber logrado su objetivo de convertirse en una Geisha, los remordimientos la acosaban día y noche. Su madre, se había ocupado en trabajar como empleada de limpieza durante gran parte de su vida, sólo para que ella pudiera estudiar y graduarse en una universidad.

Sin embargo, Akira no pensaba pasar cinco años estudiando una carrera universitaria para luego tener que encontrar un buen empleo y así poder retribuirle a su madre, todo lo que había hecho por ella. Se negaba –renuentemente– a repetir la misma historia de pobreza y abandono que ambas habían vivido durante esos dieciocho años.

Aunque tuviera que mentirle a su madre, esa era la única manera –o por lo menos, la que ella consideraba más rápida– para obtener lo que tanto soñaba: una casa, viajes, lujos y tranquilidad.

Tal vez, en algún momento, Jin la entendería y podría perdonarla. A fin de cuentas, no lo hacía sólo por ella, también quería asegurarle una vejez digna a su madre y sacarla de aquella empresa donde llevaba más de quince años trabajando como empleada de limpieza.

—Esto también lo hago por ti, mamá —susurró.

Apuró sus movimientos, y mientras la pasta blanca se secaba en su rostro, cuidadosamente delineó el borde de sus ojos de forma prolija. Todo esos detalles de como maquillarse, vestirse, peinarse de forma rápida, además de arte de la música, el baile y la conversación, los aprendió en la Academia de Geishas.

Terminó de maquillarse. Se levantó de la silla, tomó los abanicos y practicó, por onceava vez, su rutina de baile. Quería estar segura de no cometer ningún error. Era su debut y tenía que lucirse.

Uno de los talentos más fuertes de Akira era el de danzar, tenía un estilo diferente a las otras Geishas –inclusive de aquellas que tenían años de experiencia. Sus movimientos eran sinuosos y seductores, era la mejor en el Ohayashi después de Mineko Iwasaki, la más famosa Geisha de la historia oriental.

Para esa ocasión escogió el Kimono de seda rojo con estampado floreado al borde de las mangas anchas, y cuyo estilo se repetía en la parte baja de la falda. Luego ató el obi dorado en su cintura, el cual hacia juego con sus abanicos dorados y rojos, similar al color de su traje de lujo, pero en sentido inverso.

Akira escuchó los pasos acercándose. Finalmente había llegado el momento esperado para la presentación. Sintió como su corazón daba un vuelco dentro de su pecho y latía con rapidez, mientras las manos comenzaban a sudarle.

La puerta se abrió lentamente. Hana entró a la habitación y se acercó a ella. A pesar de ser una mujer de edad, seguía siendo hermosa. Llevaba parte de su vida siendo una okasan y encargándose de preparar a las Geishas del nuevo milenio.

Aunque aquel viejo oficio, no tenía el mismo auge que décadas atrás, Hana pensaba que toda mujer debía poseer las cualidades de una Geisha: ser creativa, seductora, capaz de enloquecer a cualquier hombre y sobre todo, ser racional. Una capacidad que pocas aprendices en el oficio conseguían dominar.

Sin embargo, para Akira fue bastante sencillo lograrlo. Había sido abandonada por su padre desde su nacimiento. Eso… y el haber visto llorar amargamente a su madre esperando que algún día él volviera, fueron suficientes razones para que aprendiera a dejar de lado sus propios sentimientos y sus emociones.

Akira se juró a sí misma que nunca se enamoraría. Para ella, el amor y el matrimonio estaban prohibidos, al igual que lo estaban en la antigua cultura Geisha.

En aquella época, las aprendices tenían prohibido enamorarse, al igual que contraer matrimonio; si decidían hacerlo debían renunciar a ser Geisha. En cuanto, a su virginidad, era subastada al mejor postor. Esto no sólo las hacía reconocidas en aquel mundo, sino que incluso, las volvía más apetecibles para hombres de poder.

Sin embargo, si alguna de ellas lograba ser elegida por un Danna, este se encargaría de ser su protector y la Geisha pasaría a ser de su absoluta exclusividad.

—¿Estás lista? —Hana, le preguntó.

Akira asintió lentamente.

—Déjame verte —la tomó de la mano y la hizo girar.— Estás perfecta, excepto por tu Obi.

—¿Qué tiene? —preguntó la chica con asombro.

—Debes apretarlo, un poco más. —dijo desatando el lazo.

Mientras ella sujetaba el kimono, Hana volvió a colocarle el obi y a apretarlo de forma que quedara más ajustado.

—Listo, Akira… o mejor dicho, Ame. —sonrió— Esta será la prueba de fuego. Dependiendo de ello, podrás quedarte y trabajar conmigo o volver con tu madre.

—Lo lograré —contestó con voz suave y firme.

—Está noche tendremos algunos invitados muy especiales —observó.

Hana se retiró de la habitación dejándola a solas.

Akira respiró hondo, mientras se repetía una y otra vez “Voy a lograrlo, lo haré” Luego salió de la habitación y se dirigió hacia el salón principal.

Cuando la música comenzó a sonar, ella cerró los ojos para concentrarse en el sonido melódico del koto…

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